DIARIO

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Friday, October 07, 2005

LAS PIRÁMIDES DE TEOTIHUACÁN.

EN LA CIUDAD DE LOS DIOSES
DE TEOTIHUACAN.

Por Waldemar Verdugo Fuentes.
Publicado en fragmentos en “Vogue” y “UnoMásUno”, México.

“Cuando aún no brillaba el Sol
y ningún amanecer había despuntado
cuando reinaba la oscuridad
entre los dioses se dijeron:
¡encarnar el sol! ¡traer el amanecer!
Y celebraron allá en Teotihuacán...”
(Códice Matritense)

21 de septiembre de 1987

La Ciudad de México es una ciudad misteriosa, surcada por pasajes escondidos y ventanas ante muros que suben al espacio en expresivo silencio, animada por súbitos develamientos que nos sugieren otras perspectivas, otro modo de conocer el lugar. No de adelantarse en lo que existe en nuestro habitual espacio, sino elevar la mirada y el cuerpo hacia lo alto, hacia las buhardillas y las torres de la ciudad, hacia sus azoteas. Allí en  esa área que tiene mucho de sacro y donde lo humano es más abiertamente humano -por una cuestión de espacio- se manifiesta todo más intensamente.


   Descansan en las azoteas algunas mujeres dormidas como esperando ser cazadas por un ángel; entre los cordones de un tendedero se eleva el brazo de un pintor y el cielo lo aprieta, se vuelve viajero, azul. En avenida Madero, antes de llegar al Zócalo, se yergue un edificio que termina en una de esas azoteas, que corona una torre que hospeda un estudio desde cuyas ventanas  se observa un mar de tejados y cúpulas. Allí las cosas cobran una singular resonancia. Sitio, diremos mágico, en que pasan la mayor parte del día María Guadalupe y Juan Letelier. Él es pintor y ella escultora. Para verlos subí en un ascensor antiguo, de reja. Desde el último piso seguí ascendiendo, ahora por una escalera estrecha de mármol blanco de África inquietante, parece no tener fin. Varias puertas se suceden, siempre hacia arriba. Cada vuelta en caracol va dejando ventanas estrechas llenas de luz que de repente descubren un trozo celeste de cielo o un ángulo de cúpula pálida, de un extraño, lejano aire babilónico. Me detengo ante la más empinada puerta; el sol, cercano, nos ampara. Veo el estudio: anaqueles con libros, palmas, pinturas, trabajos a medio esculpir, ventanas luminosas. Juan se acerca, sonriente, lo traen gruesos anteojos a través de los que brilla la sonrisa franca de su mirada. Atrás, María Guadalupe resplandece en su propia luz.

   -Vivimos en esta torre hace siete años -dice-. La mirada proyectada desde arriba de la ciudad es distinta de la mirada dirigida desde abajo. De día vemos cómo hacen el amor las palomas en los tejados. Nos distraen súbitas detonaciones al atardecer: son todos los pájaros que en un escándalo de alas huyen de otros habitantes de los tejados: los perros guardianes.

   Cuando se está enlazado a la luz de lo alto  siempre viene un momentáneo silencio, cómplice de algo más oculto. El horizonte de tejados se extiende hasta el horizonte del cielo, claro, gris, cierto. Varias cúpulas se dilatan en clásicos estilos, únicos. Veo el Templo Mayor: Juan y María me enseñan que debo apuntar hacia el Templo con las palmas de mis manos abiertas; oramos como ofrenda a todos los dioses. Una familia de gorriones dibuja en el aire su escritura secreta.

   María Guadalupe narra una experiencia que tuvo relacionada con una especie de sed de lo absoluto:

   -Divisé, sentada en esa ventana (el lector imagine que ella indica la central) cómo el paisaje de los tejados seguía una línea en el espacio, una línea siempre lejana, inalcanzable. Pensé que nunca podría agotar esa distancia ya metafísica, por más que se multiplicaran mis experiencias. Entonces me abatió una tristeza tan intensa que anduve queriendo irme... pero, al mirar hacia abajo vi en un patio de adoquines a cuatro mujeres de negro alrededor de una mesa redonda y blanca, igual que el pañuelo en la cabeza de una de ellas, que en ese instante supremo levantó la mirada y, así fue, en esa mirada me reconocí a mi misma; la mujer del pañuelo blanco era yo: María Guadalupe, que estaba con las otras mujeres de negro alrededor de la mesa circular y blanca. Eso me detuvo. Supe que debía ahondar mis experiencias pues cuando uno vive en azoteas, como Juan y yo, sabemos que nunca concluye el misterio, el asombro de vivir... desde aquí alcanzamos a ver la Pirámide del Sol que alumbra los dioses de Teotihuacán cuando amanece”. Sus ojos miran la distancia de tejados y la baña una luz que poco a poco destilará el crepúsculo allá abajo sobre la calle Madero. Lentamente desciendo la escalera de laberintos, salgo y me interno en las calles. Mañana, muy temprano, ellos me guiarán en mi primera visita a Teotihuacán. Juan me ha indicado ciertas cosas necesarias. Nos acompañará nuestro amigo el maestro Andrés Bello Gómez, que sabe del copal, candelas y sonidos. Seguramente María Guadalupe irá envuelta en ese resplandor dorado que le nace de sí misma.


   Su pasado se hundió en el tiempo. El origen de las Pirámides de Teotihuacán es un misterio: según la mitología azteca, los dioses se reunieron en Teotihuacán para dar nacimiento al quinto sol, después de que el cuarto había muerto. Cuando llegaron los antiguos mexicanos al centro del país, luego de cientos de años de peregrinar desde la legendaria tierra de Aztlán, en esa época Teotihuacán ya era una ciudad abandonada. Envuelta en la tradición oral de los grupos humanos que vivían en sus inmediaciones, estaba como hoy la vemos, desierta, y fue campo propicio para la rica imaginación del cosmos azteca, que dio nombre a cada edificación, calle y recoveco de acuerdo a su propia interpretación, unida a lo que decían los habitantes del valle; es lo que creemos de la civilización teotihuacana; única entre las demás culturas del mundo antiguo.

   Tomando la vía Pachuca desde la Ciudad de México a Teotihuacán, se recorren 44 kilómetros cruzando el sitio de Tapexpan, donde se han encontrado los restos de un asentamiento humano prehistórico. La estructura más impresionante vista desde la carretera es la Pirámide del Sol; el paisaje que nos rodea habla con su propia belleza; en días despejados, la vista encima de la esquina sudeste de la gran pirámide alcanza hasta la nevada cumbre del Ixtaccíhuatl, el volcán de la Mujer Dormida. La llegada a la ciudad misma es anunciada por una calle de tiendas con bellos trabajos artesanales de la zona, que llevan al Museo de Teotihuacán, ubicado en el extremo sur de la zona ceremonial. Al entrar, a nuestra derecha, colocada en el centro de un espejo de agua, nos recibe la escultura de Chalchiuhtlicue, diosa lunar del agua, que mide 3.18 metros, y tiene extrañas esquinas angulares que forman una especie de falda. La cabeza está terminada con tabiques esculpidos que sugieren que la figura pudo haber sido una columna para soportar techo; es una réplica, la original se exhibe desde 1910 en el Museo de Antropología, y fue hallada tumbada entre los escombros de un templo destruido enfrente de la Pirámide de la Luna. El Museo de Teotihuacán espera al visitante con cuadros sinópticos, maquetas y objetos originales de alfarería y escultura, pintura y piedras labradas que  describen la mítica ciudad. La cerámica aquí es única por varios aspectos; por ejemplo, el uso de tres patas como base de sus vasijas, fue usado aquí solamente; el color naranja y un tono del rojo y lo delgado y fino de su acabado, que parece porcelana, son estrictamente teotihuacanos; el uso de la obsidiana se originó aquí, y el uso fenomenal de murales al fresco, pintados sobre casi todas las superficies, lo hacen una imponente exposición de arte, enmarcada en cinco colores diferentes. Tiene particular interés en el Museo la sala donde se explica científicamente lo posible, como la forma en que los muros de Teotihuacán eran cubiertos con una argamasa y pintados con emblemas de significado religioso, como el alineamiento perfecto de los edificios con relación a la ubicación de ciertas estrellas en el cielo. También podemos ver una muestra de la formación geológica del valle donde se construyó la ciudad, los diferentes tipos de personas que la habitaron, así como la flora y la fauna del valle; el tipo de actividades y labores que realizaron, los alimentos y vestidos que usaron, también sus equipos de labranza y caza así como los métodos agrícolas. Hay salones dedicados a la arquitectura, pintura mural, escultura y artes plásticas de Teotihuacán. Hay trabajos en piedra, objetos en hueso, cestos y tejidos, objetos rituales. En los muros hay diagramas y dibujos explicando diversos aspectos, como la organización política y religiosa de entonces, y anuncios indicando fechas y horas de espectáculos de Luz y Sonido que se han hecho populares en sus escenarios sorprendentes; hay restaurantes, librerías y un hotel junto al conjunto; también se ofrece hospedaje limpio y económico en el pueblo cercano de San Juan Teotihuacán, tradicionalmente custodios del centro ceremonial. Esto que escribo del lugar es apenas un susurro, fue posible luego de visitar el sitio en varias oportunidades, porque un día nunca será suficiente. El reglamento básico es “No Tocar”: está prohibido remover cualquier objeto arqueológico por muy pequeño que sea. Hoy se cree que, como la Meca, Teotihuacán era una ciudad sagrada, de peregrinos. Su desarrollo indica un prolongado período de paz. En sus murales se ven procesiones de sacerdotes y dignatarios absortos en la celebración de alguna ceremonia. Es notable la ausencia de guerreros en las pinturas teotihuacanas. Y tampoco hay evidencia de fortificaciones o armas para la guerra. Sólo aparecen pinturas con escenas militares poco antes del año 700, unos cien años antes de que la ciudad fuera abandonada. Abarca una extensión mayor que la ciudad de Roma Imperial, otro importante centro poblado en la humanidad cuando Teotihuacán ejercía su influencia en América.


   La mayoría de los investigadores están de acuerdo en que la secuencia cronológica "relativa", que es la que se refiere al orden de las distintas etapas del progreso de la ciudad, tiene diferencias notables. Nosotros tomamos la secuencia cronológica propuesta por la historiografía del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, I.N.A.H. En principio se cree que la actividad humana en la ciudad abarcó unos 1.500 años. Se piensa que ésta comenzó cerca del año 750 antes de nuestra Era, simultáneamente a la fundación de Roma.  Del 200 antes de nosotros hasta aproximadamente la venida de Jesucristo, se generó la más importante construcción (o reconstrucción, algo no muy claro), y generaciones posteriores siguieron levantándola por casi ocho siglos, hasta aproximadamente el 776 de nuestra época, en que fue súbitamente abandonada con sus calles planeadas para ocupar holgadamente una población de 250.000 habitantes, con una población flotante estimada en dos millones de personas, que simplemente desaparecieron. Nadie sabe por qué. De esa época aún se observan indicios de actividad constructiva y no hay ningún signo de decadencia; por el contrario, da la impresión de mucha prosperidad. En el siglo VIII de nuestra era, los edificios del centro de la ciudad muestran restos de un incendio colosal, lo que hace suponer un final trágico, pero esto no se puede saber con certeza, ni tampoco si los barrios siguieron siendo habitados durante otros 150 años, o fueron abandonados simultáneamente con el centro ceremonial. Aunque las principales estructuras han sido restauradas, la mayoría de ellas aún yacen sepultadas sin explicación posible. La fecha en que es abandonada la ciudad coincide con el tiempo en que los pueblos mayas abandonaron sus reinos hasta Guatemala y Honduras. El colapso o el retiro, tanto de los teotihuacanos como de los mayas, nos sugiere que algo altamente significativo ocurrió en la prehistoria mexicana. Un problema para el arqueólogo es que al rompecabezas siempre le faltarán algunas piezas, porque se han destruido tantas. Durante el período de la Colonia, los fanáticos religiosos deliberadamente martillaron esculturas para desfigurar la idolatría pagana y quebraron las estelas escritas; el vandalismo ordinario hizo desaparecer muchos artefactos que terminaron en colecciones privadas o en museos de otras partes del mundo, antes de ser declarado un acto criminal el comprar o transferir piezas arqueológicas. ¿Qué se puede ver ahora?

   Saliendo del museo se entra en la misma Te-lol-ti-waak-kan, la ciudad de los dioses, donde mueren los dioses, donde los hombres se hacen dioses, el lugar de la seis  sabiduría, el lugar de la seis serpiente, el lugar donde se hacen señales, donde está señalado el tiempo, el monumento en honor de la medición del tiempo y el movimiento, donde nació el quinto Sol. De unos braseros se elevan finas columnas de humo azul. El aroma de la  piedra y el incienso perfuman el aire mientras se oye el canto alegre de unas flautas. Hemos traído copal y candelas, dejamos la ofrenda a los pies de custodios que nos invitan a seguir. Se entra por la calle más amplia de Teotihuacán, la nombrada Calzada de los muertos, con una orientación de 15 grados 30’ al este del norte astronómico; casi todas las construcciones tienen una orientación similar a esta calle, cuya longitud es de unos cuatro kilómetros y su anchura de 45 metros. Se cruza e inmediatamente se llega a un rectángulo con una superficie de 67.500 metros cuadrados, con el Palacio de Quetzalcóatl al fondo de la explanada, que los españoles confundieron con una fortificación militar, por lo que era ubicada como la Ciudadela, nombre que le quedó. Excavaciones realizadas aquí, a unos metros de las orillas norte y sur de la pirámide de Quetzalcóatl, a mediados de 1986 rescataron dos tumbas, cada una con 18 esqueletos de sacerdotes con cráneos deformados al estilo Maya, o deformados a lo ancho estilo Olmeca, con incrustaciones de jadeíta verde, circulares, en los dientes recortados triangulares algunos, tal como se en algunos personajes en los murales, que tienen en su boca o botan de ella triángulos, rectángulos y círculos; los cráneos tenían la boca de color verde adentro, símbolo de la vida, y los huesos tenían pintura roja del tono teotihuacano, símbolo de la luz matutina, la aurora, la hora de la salida del sol; la fecha que les asignó el I.N.A.H. es anterior al siglo III de nuestra era.

   Uno de los descubrimientos de finales del siglo XX es la ubicación precisa del Gran Conjunto: que se encuentra debajo de lo que es el museo mismo, el estacionamiento, el centro comercial y las oficinas administrativas; en ese mismo sitio estuvo el mercado teotihuacano que, junto con la Ciudadela, hace más de mil años fue el centro de peregrinos de toda América.  Dos lados de este conjunto están coronados por cuatro pirámides cada uno, y unidos al centro por dos plataformas que sostienen una gran pirámide construida sobre otra que al ser excavada y parcialmente restaurada, descubrió un maravilloso motivo escultórico: el de la serpiente emplumada, una representación del arcaico dios Quetzalcóatl; a ambos lados de su escalera, brotando de flores de once pétalos se aprecian cabezas de serpientes con sus penachos de ondas que recorren con incipientes ondulaciones todo el cuerpo, protegido por caracolas marinas, lo que determina la protección solicitada por los pueblos de la costa. Las piedras entrelazadas de la balaustrada, un trabajo perfecto que sólo he visto antes en la ciudad ceremonial peruana de Machu-Picchu, son piedras en forma de cuña colocadas con ángulos que paulatinamente aumentan en los niveles inferiores, construida para resistir el temblor más fuerte o los hundimientos, en prolongados periodos de tiempo. Todo cubierto de escritura petroglífica, como la mayor parte de los templos de la ciudad, cuando no han sido desprendidos los tallados pétreos. Aquí en el Templo de Quetzalcóatl, como se me indicó, imitando a quienes acompañaba, en un umbral di palmadas y el sonido de mis manos resonó en las escaleras del recinto, devolviendo el canto del graznido del quetzal. Los desconocidos constructores del gran conjunto monumental disponían de conocimientos acústicos y arquitectónicos propios; los sacerdotes, simplemente dando palmadas en un lugar determinado, anunciaban a los fieles la llegada del más benéfico de los dioses. Digamos que el ancestral sonido de esas palmadas nunca ha dejado de resonar en Teotihuacán.

   Siguiendo la Calzada de los muertos, luego de cruzar un hilo de aguas del río San Juan, están los Edificios Superpuestos, el primer grupo de estructuras, siguiendo el lado izquierdo de la Calzada, son extraños edificios subterráneos, que fueron de los primeros descubiertos al comenzar las exploraciones. Estas salas enterradas se encontraban al ras de la superficie, luego fueron rellenos de tierra para servir de base a la pirámide que fue construida sobre ellos. A los subterráneos se entra por una puerta que se abre a una empinada escalera que lleva a un auténtico laberinto, cuyas paredes conservan sus colores originales en tonos verdes. Se ve el pozo, de 13 metros de profundidad, que surtía de agua al templo construido encima y consagrado al dios Tlaloc: aún tiene agua y la lleva por canales a los diversos sectores del palacio. Todos los edificios de la ciudad contaban con su propio sistema de drenaje. Como las excavaciones en este sitio fueron hechas antes de que se popularizara el cemento, en los edificios subterráneos se usaron postes y vigas de hierro para sostener los techos. En la acera derecha inmediata se encuentra el patio número uno, donde está el grupo llamado Viking por la Fundación de ese nombre, que respaldó su restauración; en este notable conjunto, hasta ahora, se ha rescatado una plataforma de unos 30 metros cuadrados, bajo piso de lava y cubierta con dos capas de cierta tela como mica, cuyo fin hasta ahora no ha sido descubierto.

   Siguiendo por la Calzada se llega a una amplia escalera frente a la grandiosa Pirámide del Sol, que baja a la plaza del mismo nombre. En el centro de ella hay un adoratorio que consiste en un tablero sobre un muro inclinado. Se ve en su parte superior, dos cuartos de los que quedan sólo los cimientos, y que pertenecían a un templo; en el extremo norte y sur de esta plaza del Sol, se observan restos de templos con sus respectivos altares. A la derecha está la Casa del Sacerdote: un grupo de edificios que forman parte de lo que fue un conjunto habitacional que probablemente sirvió de habitación a sacerdotes encargados de oficiar en el templo. Una manera que facilita el ascenso de los escalones de una pirámide es el llamado "paso alpino", que el maestro Andrés Bello Gómez me explicó así: "Comienza a ascender con el peso de tu cuerpo sobre el pie izquierdo. Emplaza el pie derecho sobre el primer peldaño. Antes de dar el paso, envía tu conciencia a la rodilla derecha y a la pierna, y pasa una señal a la pierna para que se relaje. Debes sentir que se aflojan los músculos. Ahora da el paso al siguiente escalón. En esta vez dirige tu conciencia a la rodilla izquierda, siéntela y relájala. Se hace el paso en cámara lenta. No hay prisa. Cuando llegues al primer descanso de la escalera, hallarás que, debido al hecho de que controlaste tu movimiento, no pierdes el aliento ni se acelera tu corazón, no importa cuál sea tu peso físico. Así puedes llegar a la cumbre sin fatiga, lentamente, paso a paso. Te sugiero que en cada nivel de la pirámide des una vuelta en espiral lenta, con dirección al sur, este, norte, y luego este. Si te es posible, simplemente siéntate en el centro de la cumbre o lo más cerca que te sea posible. Apreciarás otras cosas de la ciudad. Deja que se vayan los pensamientos; no te pegues a la piedra sino siéntela como parte de ti".


   Con un volumen de 1.000.000 de metros cúbicos, originalmente la Pirámide del Sol llegaba a los 75 metros y su tamaño era mucho más grande de lo que es en la actualidad: este fenómeno se debe a que cuando la estaban restaurando, en 1910, la cubierta original, de unos siete metros de espesor, fue removida por error, por eso hoy vemos los raros contrafuertes que sobresalen de los distintos cuerpos, que eran una necesidad arquitectónica para retener la cubierta. En México, con raras excepciones, todas las pirámides eran bases para los templos. No fueron monumentos funerarios como en Egipto. Sin embargo, en 1974 fue descubierta una caverna debajo del centro de la Pirámide del Sol a unos tres metros de profundidad; tiene forma de trébol y fue saqueada al parecer más o menos en el siglo III de nuestra Era; se encontraron solo pedazos de cerámica, testigos rotos de lo que se guardaba en el corazón mismo de Teotihuacán, algo hoy  insospechado. A partir de esta Pirámide, Teotihuacán cubre 600 kilómetros cuadrados, en un radio de catorce kilómetros en todas direcciones: esta es la distancia límite a la que cualquier persona puede ver el horizonte al nivel del mar, debido a la curvatura de la Tierra. La ciudad desde lo alto semeja una estructura de piedra viva. Todo tan bien dispuesto. Parece construida como un desafío al tiempo. La casta de sacerdotes que rigió la civilización teotihuacana, del Orden teocrático, centraba su economía en la agricultura, pero la situación estratégica del sitio y el control que la ciudad ejercía sobre los depósitos cercanos de obsidiana negra, desarrollaron el comercio. Intercambiaban alfarería, telas y productos terminados, por otros que ellos preciaban, como el cacao, el algodón, la turquesa, el jade y las plumas preciosas. Se ven numerosas plazas de mercado, testimonio de la importancia del tráfico. Extensas áreas destinadas a los talleres artesanales y a viviendas inmediatas, son indicativas del gran número de pobladores que se dedicaba a los oficios y a las artes, cuya influencia, en especial la arquitectónica, se esparció a los cuatro puntos cardinales. Su alfarería y pintura al fresco nunca fueron igualadas por las posteriores civilizaciones de Mesoamérica.

   Viendo desde lo alto la Plaza del Sol, al sudeste de la Pirámide, se descubren diversos monumentos a medio excavar, habitaciones que se comunican entre sí, más restos de altares, cimientos de lo que fueron otras construcciones palaciegas y restos de conjuntos con sus respectivos adoratorios, entre los que sobresale al extremo norte el excepcional Palacio del Sol: por su grandeza arquitectónica, localización y concepción, se supone que fue residencia del supremo sacerdote de la pirámide; aquí se han descubierto algunos de los murales más finos de la legendaria ciudad, los mismos que fueron removidos para evitar su deterioro a la intemperie; también de aquí se han rescatado varias representaciones del disco Solar, como parte de la decoración. Destaca el mural del Puma, llamado así por la pintura de un felino de más o menos dos metros de largo, hoy resguardado por una lámina.

   Exactamente frente a la anterior edificación, y del otro lado de la Calzada, subiendo por unas escaleras se llega al Patio de los Cuatro Templos: en la plaza que forman estas cuatro construcciones se ve la base de un altar monumental. Siguiendo al norte se encuentra el Templo de los Animales Mitológicos, que es una gran sala que forma parte de la pirámide, cuyos muros estuvieron cubiertos por una serie de frescos, de los cuales aún se pueden ver animales extraños, medio reales y medio fantásticos, aún en proceso de rescate; algunos de estos animales fueron removidos y se pueden admirar en el Museo de Antropología.

   A corta distancia se encuentra el Templo de la Agricultura, denominada así por la gran variedad de plantas y flores que se encuentran reproducidas en sus muros. Estas dos últimas construcciones fueron de las primeras que los arqueólogos abrieron al explorar la zona en 1893: en esa época aún no existían los tratamientos químicos para preservación, por lo que al ser expuestos al aire, muchos de los frescos que había simplemente se desvanecieron. Otros se descascaraban y desprendían, por lo que varios fueron removidos y hoy también se pueden admirar en el museo de Antropología, donde, además, se aprecian los dibujos que se alcanzaron a hacer de muchos otros murales de Teotihuacán que destruyó la acción del tiempo.

   Los murales de los templos indican que sus constructores eran de complexión delgada y regular estatura; practicaban la deformación craneana, en especial la conocida como apertura del tercer ojo, y las incrustaciones dentales. La riqueza y el poder de la nobleza teotihuacana se reflejaba en su apariencia: llevaban ropas bordadas y suntuosos penachos de plumas. Trabajaban el oro y la talla de piedras preciosas. El rojo y el blanco predominan en el centro ceremonial, en tanto los palacios y corredores despliegan una gran variedad de azules, verdes, rosas y ocres. Todos los muros están esmeradamente pulidos con piedra pómez.

   Para la arqueología es una sorpresa la ausencia de campos de juego de pelota en Teotihuacán. Una pintura mural en el edificio denominado Tapantipla, representa un juego que se practicaba con palos parecidos a los de béisbol, y con postes de meta de dos metros de altura en ambos extremos de la arena. Cierta estela rescatada coincide con la pintura; según esta evidencia, puede suponerse que se efectuaban juegos de pelota, aunque muy diferente al que se practicaba en su época: cada equipo se componía de 12 miembros y un guardameta. La pelota se lanzaba contra un disco central dispuesto en el extremo superior del poste de meta y blasonado con las insignias de los equipos, que se medían en un campo de juego de unos 100 metros de largo. Hay indicios de actividad militar hacia el año 500 de nuestra época, aunque los murales siguen siendo los mismos, los dioses antiguos, el agua, las plantas y flores, las aves y los animales.

   La construcción es de tal monumentalidad, que sólo una civilización densamente poblada y bajo un estricto control social pudo haberla consumado. Constituían una sociedad gobernada por un grupo sacerdotal altamente organizado, que hizo de Teotihuacán el lugar poblado más importante de la América de su época anterior a nuestra Era. Entre los dioses, estaba ofrendada a Tlaloc, dios de las aguas, y su estilizado rostro de piedra constituye un imponente motivo decorativo. El templo de Quetzalcóatl es espléndido por ser la serpiente emplumada otro de sus dioses mayores. No conocían la práctica del sacrificio humano, y su visión del más allá era la de un mundo con abundante agua, plantas tropicales y animales. La reverencia más que el temor inspiraba a los teotihuacanos la veneración a sus dioses, pues no tenían que apaciguar a vengativas entidades supremas, sino confiarse a su cuidado. Esta concepción serena de la vida se refleja en el diseño de su alfarería, de curvas simples y suaves, generando una línea ondulatoria como la que se ve en la brisa de verano, cálida aunque controlada. Delicadamente, Teotihuacán se concibe con una realidad diferente.


   Cuando aquél reino de España sometió al imperio azteca, se implantó un modelo conceptual, y no hubo, pues, confrontación de ideas, ni intercambio de datos, ni síntesis de conclusiones. No se juntaron los astrónomos españoles con los astrónomos aztecas a discutir las fases de la luna. No comentaron el paso del sol por el cenit. No intercambiaron fórmulas para calcular las épocas lluviosas. No se enfrentaron los sabios de uno y otro bando para discutir las bases filosóficas del cero. La conquista de América en el siglo XVI fue una empresa militar, política y económica; no fue transcultural, propiamente, sino la sustitución de un sistema por otro. Por ello, si lo azteca mismo lo sabemos a través  de las versiones que los frailes recolectaron de una generación sorprendida, sólo es posible intentar el roce con la historia de Teotihuacán empuñando, sin prejuicios, la estética y la duda filosófica. El director del grupo Dzibil de Estudios Mayas, profesor Héctor M. Calderón, nos dice:

   "-Para entender el mensaje de los sabios teotihuacanos primero es necesario conocer y dominar el lenguaje simbólico en que fue redactado. Aquí es donde surgen las primeras barreras a la comunicación y a la comprensión, porque Teotihuacán no recurrió, como otros pueblos civilizados de la Tierra, al empleo de palabras, como símbolos audibles de los conceptos, ni a su expresión gráfica a través del jeroglífico o la escritura.  Para descifrarla es necesario recurrir al lenguaje de los dioses".

   El lenguaje al que se refiere el profesor Calderón es el que los mayas nombran Suhuy-vá, la lengua virgen, la comunicación anterior a la torre de Babel. Sigue él: “En Teotihuacán se descartan deliberadamente las formas de expresión comunes y lo que tiene que comunicar lo hace en el silencio de la contemplación muda del símbolo conceptual. Para leer a Teotihuacán es preciso recorrerlo, midiendo, contando, alineando...”.

   Al final de la Calzada está la Pirámide la Luna. La anuncia una impresionante concepción arquitectónica, una plaza que por la simetría de sus edificios y la utilización de los espacios, fue seguramente el sitio en que se efectuaban los más brillantes ritos y ceremonias. La Plaza de la Luna tiene, de norte a sur, 205 metros, y de este a oeste, 137 metros;  consiste en basamentos escalonados y piramidales de cuatro cuerpos, en que se ve restos de dos pirámides y lo que parece haber sido otro templo.  En el centro se levanta un altar que forma un cuadrángulo decorado en los costados. La altura de la Pirámide de la Luna es de 46 metros y su volumen total de 379.099,29 metros cúbicos. Consta de cuatro grandes cuerpos piramidales, a los que se accede por una gran escala;  en la parte del frente tiene una plataforma adosada de cinco cuerpos. Todo enlazado en forma tal que lo monumental del conjunto es impresionante.

   Al lado oeste de la zona están el palacio de Quetzalpapalotl, el palacio de los Jaguares y la subestructura de los Caracoles Emplumados.  El palacio de Quetzalpapalotl es el edificio más lujoso de la ciudad,  ampliamente decorado, ofrece a la vista algunos de los murales mejor conservados, en los que resalta el color rojo. Este palacio, que pudo servir de residencia a algún notable personaje o supremo sacerdote tiene en su patio principal cuatro cuartos, tres de ellos sin soportes intermedios para sostener el techo; mide cada lado de cada uno de estos cuartos, ocho metros exactos. Los pilares del patio son cuadrados y están decorados con hermosos bajo relieves; tienen incrustaciones de obsidiana y en su parte media representan a Quetzalmariposa, acompañado de símbolos que tienen relación con el agua, la naturaleza animal y vegetal. En los pilares del lado oeste aparece una bella ave vista de frente, con sus alas desplegadas; ejemplo único de lo que fueron los bellos decorados que imprimía en su ambiente el pueblo teotihuacano. Dibujo uno de los cuatro ojos originalmente con pupilas de obsidiana, arriba de la ave bella; si contamos la pupila, el iris y el globo ocular debajo de los párpados, el diseño presenta tres círculos rodeando un ojo de tres anillos; reflejan lo que me parece una mirada abierta al tiempo, es un desafío rescatarla y no sé si sea posible lograrlo.

   La puerta sudoeste da a una escalera que conduce a lo que fue una angosta callejuela de las muchas que había en la ciudad. Este pasillo lleva a otro complejo: el nombrado palacio de los Jaguares.  Este  palacio  tomó  el nombre  de su  habitación  central; en  la parte baja y a los lados de la puerta están las imágenes de dos enormes felinos, con sus cabezas emplumadas, que sostienen en una de sus patas un caracol al que soplan como si fuera un instrumento musical, y del cual sale una Vírgula que representa al sonido; tienen, además, incrustaciones de conchas en el lomo y en la cola. En el borde superior se ven símbolos de la lluvia, con un grifo decorado con plumas que representa el año Solar teotihuacano. En el centro del patio hay escaleras que suben a una gran plataforma de lo que fue otro templo, irremediablemente perdido. Bajamos unas escaleras para entrar al palacio Mariposa, por la parte de abajo, sobre cada lado de la base de la escalera se encuentra la cola de una serpiente de tres cascabeles, la especie Durissus Durissus, símbolo maya de la constelación estelar que llamamos "Pléyades". Otra escalera lleva a la línea central del templo, donde hay una estructura que cobija un altar, y un observatorio astronómico, en que se conserva un telescopio teotihuacano, hecho con dos espejos cóncavos de obsidiana y un agujero en el techo para crear una "cámara oscura"; el haz de luz es aumentado por estos espejos cóncavos de obsidiana (también se han encontrado de hematites pulidos) permitiendo que una estrella, un planeta o una galaxia que pasara por el cielo fuera visto adentro del observatorio/cámara oscura por proyección sobre un segundo espejo montado en la pared. Aquí estudiaban con vidrios de aumento la imagen viva de la galaxia más bella, observable a simple vista en el cielo, la M31 en Andrómeda, de color arco iris, como se pintan las mariposas en los muros exteriores. Aparentemente estos observatorios, ubicados en diversas partes de la ciudad, se ocupan de registrar el paso preciso de un cuerpo celeste, que les permitía luego estudiar el conjunto de sucesos de todo el cielo visible. Los astrónomos eran estrenados para ver de noche, porque pasaban la vida en estos cuartos oscuros, donde no se ven vestigios de antorchas encendidas. Es lógico decir que al transcurrir su vida en la oscuridad su percepción ocular se desarrollara, a la manera que predicó el astrónomo danés del siglo XVI Tycho Brache, que trabajó especialmente con observaciones oculares reflejadas en espejos. En algunos sitios se han encontrado observaciones anotadas, como en Tetitla, cruzando la carretera de circunvalación, donde fueron encontrados dibujos en el suelo de un salón pequeño, que son un grupo de puntos que aparecían espaciados sobre el suelo en forma de camino como letra "S"; el arqueólogo Jorge Angulo logró identificarlos: "son calcas de la constelación de las Pléyades a través del año, cada una diferente; es decir no fueron pintadas con un patrón matriz; se rescató su paso en el cielo. Su ubicación sobre el suelo comprueba que tenía que haberse enfocado la constelación a través de un agujero en el techo, un techo que ya no existe, como en muchos otros sitios, en otros, estos hoyos han sido tapados por no entenderse su utilidad. Digamos que todos los "condominios" trazados en Teotihuacán, postulados en un principio como "departamentos", no eran viviendas: eran cuartos oscuros, observatorios astronómicos".

   Para salir del observatorio Mariposa, se asciende en la parte noroeste, donde hay un pasaje que conduce a otro conjunto de habitaciones en que se conservan murales excepcionales: manos que sostienen a unos jaguares pintados sobre un fondo blanco; los felinos están cubiertos o atrapados por una red, y de sus hocicos sale una vírgula simbolizando rugidos. Otro pasaje lleva debajo del palacio de Quetzalpapalotl hay una construcción singular. Se trata de la estructura más antigua de todo el conjunto, a la que se llega por un túnel de concreto reforzado y que se conoce como subestructura de los Caracoles Emplumados. Debido a la protección que dio el palacio superpuesto, tanto los frescos como los bajo relieves son de los mejor preservados en la ciudad. El fondo del bien balanceado pórtico está ceñido de rojo, y todo el ambiente pintado con una serie de caracoles decorados con plumas, flores y pájaros verdes con picos amarillos. Cortes seccionados de los caracoles reproducen una estrella de cinco puntas, que fue usada por los mayas para representar el planeta Venus. Las plumas que emergen de los ocho caracoles principales, no son simétricas. Aquellas que se grabaron más cerca de la puerta, tienen catorce plumas cada uno; el exterior del ala presenta plumas divididas, adentro se ven 28 plumas. Precisamente, dibujo el caracol emplumado a la derecha superior junto a la puerta, con sus catorce plumas interiores subdivididas en 27 secciones en la parte de afuera, La lectura de los caracoles enhebra las 27 divisiones por catorce plumas que resulta el número 378, que es el ciclo sinódico del planeta Saturno, nombrado el "Padre del Tiempo", el "Señor de las Medidas", "El Formador", a cuyo estudio aquí debió existir un observatorio con su telescopio de espejos cóncavos de obsidiana, hoy destruido o aún oculto por la tierra, que se ve brotada de restos de piedras. El muro noroeste  tiene una puerta en forma de "T" rellenada con piedras, escombros y mortero; se dejó así para ilustrar la condición de este templo antes de la excavación y restauración que se inició el año 1964. En el centro de este templo subterráneo hay un sencillo altar que se hace notable por su sobriedad, al igual que varias pilastras adornadas con flores de cuatro pétalos en bajo relieve. La parte inferior es una espléndida plataforma ornamentada con numerosas aves, creadas con atributos de varios pájaros, de cuyos picos salen abundantes chorros de agua. Uno cruza el túnel en plena reverencia por la sacro del lugar. A la salida del túnel vemos otras pinturas teotihuacanas, que hacían a base de una mezcla de resinas de cactáceas, colores minerales y vegetales, aplicados a la pared de concreto, logrando su perdurabilidad por muchos siglos; no son frescos, porque no utilizaban el yeso. Vemos murales con figuras de cinco pájaros, en flores de cinco pétalos predominantemente amarillas, y bandas curvas que llevan juegos de tres ojos. Los pájaros son verdes; no son pericos aunque el pico se les semeje; tampoco son quetzales; tienen nueve plumas en la cola en lugar de las siete que identifican al quetzal; parece una ave mágica con su propio mensaje que incluye patas de halcón, formadas por tres garras al frente y una atrás. Un pequeño cuadrado en su nuca y ojos encerrados en rectángulos rodeados por cejas de doble surco con pupilas redondas que encierran un tallado muy fino, con su propio significado.

   Al salir al exterior, justo enfrente de la Pirámide de la Luna, hay un complejo cuadrangular amurallado, con una pequeña entrada. El interior está dividido por raras y pequeñas formas geométricas y once altares, diez de los cuales fueron construidos con uno de sus lados adosado al muro, mientras el onceavo está en el centro exactamente. No se sabe cuál era su fin, aunque es obvio que un lugar con once altares debió tener un significado especial, digno de la estructura sobresaliente y fabulosa que acompaña. La Pirámide de la Luna al fondo de Teotihuacán se ve perfecta en el hábito de divinidad que despide la ciudad.


   Expresar lo que se siente en Teotihuacán es muy difícil. Hay quienes, luego de verla, dedican su vida a ella; el científico Hugh Harleston Junior ha sido uno de ellos: la estudió más de 40 años, hasta el final de su vida a finales del siglo XX. H. Harleston nació en Kansas City, Missouri; durante la Segunda Guerra Mundial se destacó como técnico electrónico y luego se graduó como Ingeniero Químico en la Universidad de Rice. En 1952 decidió tomar un posgrado de arte prehistórico en la Universidad Nacional Autónoma de México, inspirándole Teotihuacán otra visión del mundo y de las cosas, a lo que dedicaría su vida. Predicó que "la gran civilización teotihuacana fue el faro orientador de todas las demás culturas que florecieron en nuestro continente americano". A él se debe el descubrimiento de la unidad lineal usada por los sabios de la civilización teotihuacana, así como la primera deducción de distancias con otras estrellas marcadas en la ciudad, en la ubicación de sus templos, en los tamaños y distancias entre ellos, en sus alturas y profundidades exploradas, que descifró, midiendo, la estructura matemática, astronómica y calendárica del universo que encierra Teotihuacán, en el cual está especialmente integrado el hombre y su incógnita. Hecho que le ha merecido amplio reconocimiento de los investigadores. Publicó varios libros con sus investigaciones, que hoy son de gran interés para la ciencia arqueológica, pues encierran los primeros resultados de la aplicación práctica de la geodesia arqueológica, campo en el que H. Harleston fue pionero, a lo que unió sus conocimientos de química. Conversé con él en el D.F., en 1984, en una entrevista que publiqué entonces en Vogue, donde anoté que a sus 70 años era un hombre de vitalidad sorprendente, producto quizás de sus 150 expediciones en búsqueda de información para ampliar las relaciones de Teotihuacán, ciudad que él definía como "un haz de luz”. Porque, “debido a ciertos ángulos y dimensiones planeadas, los hermosos templos cobran vida con la luz y la sombra. El cuarto nivel de la Pirámide del Sol, por ejemplo, exhibe el ángulo de inclinación de las caras del tetraedro regular, la unidad básica para células, agua, átomos de carbón, en una palabra, la medida del cuerpo humano. Teotihuacán es un centro de conocimiento, una universidad prehispánica anterior a Cristo, y que tuvo su apogeo entre los siglos II y VIII de nuestra época." Entre sus descubrimientos más interesantes, el mismo Hugh Harleston cita  los siguientes:

   “Los constructores de Teotihuacán eran los depositarios de una serie de conocimientos que vienen del pasado desconocido del hombre.  Al grado que definieron con exactitud la circunferencia de la Tierra más de 1800 años antes de que en Europa se admitiera incómodamente que este planeta es redondo y que está orbitando al sol. Todas sus edificaciones nos dan medidas celestes. Por ejemplo, la pirámide de nombre Quetzalcóatl: su escalera principal se inclina 47 grados arriba de la horizontal; este ángulo, que se repite en los niveles de la Pirámide la Luna, en los segundo y tercer cuerpo, es lo mismo que la elongación máxima del planeta Venus. En otras palabras, cuando Venus ha ascendido a su posición más alta en el cielo, está a 47 grados arriba del horizonte.

   -Los constructores de Teotihuacán, más adelantados que los árabes en su concepto del cero, también sabían multiplicar por factores de diez.  Calibraron las cuentas más largas con la máxima exactitud conocida, haciéndolo quizás en el año 8239 antes de Cristo, según mis cálculos. En sus observatorios astronómicos usaron los movimientos del planeta Venus como un reloj, porque Venus tiene la órbita más estable, más aproximada a un circulo perfecto que todos los demás planetas; sus ciclos orbitales y períodos de rotación en órbita aparecen en los murales de los templos, en las pirámides y en las esculturas a través de la ciudad.

   -Los que diseñaron el sitio usaron una unidad  básica de medición con la cual lograron integrar el espacio, el tiempo y la rotación angular en tal forma, que las mediciones en nuestro sector de la galaxia podrían expresarse en números enteros, ya sea con relación al tamaño de nuestro planeta, ya sea en número de años en los ciclos de Venus o Marte, o bien en la forma de tetraedro de las moléculas de agua.

   -Los  teotihuacanos poseían información que  puede  haberse conservado  por  unos 18.000 años. Las  dimensiones  de  la  arquitectura  de  la ciudad dan la órbita que siguen los planetas de nuestro sistema solar. El diseño  muestra  mediciones de eventos solares, eclipses  solares  y  lunares y ciclos de manchas solares a corto y largo plazo. Los dibujos también dan dimensiones y áreas de nuestro planeta a escala reducida. Es evidente que la producción artística aquí requirió de algo más que dibujantes o talladores, porque en su trabajo registraban números controlados por maestros matemáticos; por esto los estilos son flexibles, pero los valores numéricos son rígidos.

   -Conocían la tecnología del telescopio reflector y la de brújula imantada. Sus conocimientos matemáticos y astronómicos aparecen en forma de módulos dimensionales que son submúltiplos de la circunferencia de la Tierra. Estas medidas permitieron la predicción de 37 sitios arqueológicos a distancias kilométricas de Teotihuacán, que fueron hallados después del cálculo teórico en computadora. El sistema teotihuacano de dimensiones  permitió  el reconocimiento de los mismos módulos y números en Egipto, Inglaterra, China, India, Sumeria, Babilonia, Bolivia... Hubo un tiempo en que Teotihuacán pudo estar rodeada de agua. Lo que hoy vemos entonces pudo ser el más importante centro religioso de la antigüedad americana, cuyas edificaciones brotaban de espejos, que así es el agua”.

   Hugh Harleston afirma que el mural  esculpido  en  los  Caracoles Emplumados, “presenta la misma cuenta de ciclos sinódicos de Venus”, y asegura que “la ciudad es el calendario más exacto y de más largo alcance sobre la faz de la Tierra”. Le pregunté cuál es el criterio que esgrime ante la ciencia para defender sus investigaciones: -Pienso que los  30  años  que he trabajado en Teotihuacán y millones de cálculos son suficientes, no requiero demostrar nada. Todo está en mis libros y tenga plena seguridad que será necesario recurrir a ellos para saber de este sitio. Cuando la técnica arqueológica de investigación este más avanzada, porque ahora está en pañales, mis descubrimientos serán verificados -afirma que, frente a suspicacias  escépticas,  debe  entenderse  como  base  de sus deducciones “el estudio mismo de las piedras, a través de la geodesia arqueológica, una ciencia relativamente nueva, a pesar de que algunas de sus técnicas, como el uso de carbono 14 para dilucidar antigüedad, se utilizan comúnmente hace años. La palabra “civilización” significa “vivir en ciudades”, y Teotihuacán fue de hecho una ciudad altamente planificada, que incluía entre sus habitantes no solo a matemáticos, astrónomos, fabricantes de espejos, arquitectos, ingenieros y constructores, sino también a poetas y artistas, a científicos y a videntes. A fines del siglo VII era la ciudad planificada más grande de la Tierra, más extensa que Roma.

   Los estudios sobre la ciudad de los dioses realizadas por este investigador lo han llevado a estas deducciones, que, hasta ahora, no han sido refutadas. Harleston jr., en verdad, parecía un hombre predestinado. Le pregunté, finalmente, con qué fin, dadas las hipótesis, pudo haberse construido Teotihuacán, y dijo: -Yo creo que estuvo destinada al desarrollo de individuos muy conscientes, que, probablemente, usaban facultades interiores latentes, capacidades que en nuestra época están dormidas o atrofiadas. Los habitantes de Teotihuacán fueron guardianes de tesoros intelectuales arcaicos que ahora ni remotamente imaginamos, pero a los cuales accederán las generaciones futuras.

   La arqueología oficial cree que a este rompecabezas le faltan muchas piezas porque fueron destruidas por los sucesores ocupantes del sitio, produciéndose el gran saqueo en el siglo XVI, cuando sobrevino la Conquista española. Hoy, el respeto en esencia que se siente por esta enigmática civilización teotihuacana, en su mayor medida es por el fabuloso concepto arquitectónico desplegado. Los templos, el eje central de la ciudad y las calles de trazo cuadricular, las pirámides y cada habitación se diseñaron con cálculos precisos y matemáticas sofisticadas; conocimientos que solo pudo manejar una sociedad con alto desarrollo.

 

   ¿Qué piensa de Teotihuacán un constructor contemporáneo? Conversé con el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, un hombre muy sencillo que nadie diría ser el constructor de la nueva Basílica de Nuestra Señora Virgen de Guadalupe, entre otros edificios de interés internacional. Debo anotar que me ha honrado con su amistad y hemos tenido oportunidad de trabajar algunos meses en que le ayudé a compilar algunas de sus conclusiones para un libro del Studio Beatrice Trueblood, lo que me permitió conversar largamente con él, una vez en el sitio, acerca de la vigencia de la arquitectura de Teotihuacán, y afirma:

   -Siempre que el hombre se encuentra frente a las huellas de antiguas culturas, surge tu pregunta. En el caso de Teotihuacán, la inquietud es mayor porque no ha existido una secuencia cronológica, pues en forma brusca e ignorada aún, quedó desligada en el tiempo de toda continuidad con la actual cultura mexicana. Se puede decir que la arquitectura teotihuacana es una de las más destacadas realizaciones en la historia de los pueblos americanos; estaba circundada de anchas avenidas, plazas y espacios abiertos, más amplios que cualquiera otra parte de la ciudad, al parecer, era un verdadero centro geográfico, político, comercial, religioso y cultural. Una ciudad con una población tan numerosa y con una constante afluencia de visitantes debió presentar problemas de organización social que probablemente fueron resueltos descentralizando muchas funciones administrativas en los barrios; algunos de estos fueron ocupados por gentes inmigrantes, como el Barrio de Oaxaca, donde se han encontrado varios entierros en urnas y tumbas forradas de piedra con cámaras y antecámaras, a la manera típica que se acostumbra en la región de Oaxaca, así como diversos restos de cerámica, ofrendas funerarias, máscaras y otros objetos, de lo que confirma un grupo de oaxaqueños constituyendo un barrio en el sector de los artesanos. Otros edificios constituían unidades residenciales o semi residenciales, como el Xolalpan, el Tlamimilolpa, Zacuala y Yayahuala; la característica más importante de urbanización es que las unidades se establecían de acuerdo a grupos de intereses o trabajos comunes, con talleres especializados en el mismo tipo de actividad; se han encontrado vecindades destinadas a una diversidad de oficios, como centros de producción de una diversidad de objetos, unos 400 dedicados a la obsidiana, unos 100 al trabajo de cerámica, y otros más dedicados a la talla de piedras, a trabajos en caracoles marinos, de basalto y de textiles. Hay barrios de astrónomos en la misma Teotihuacán y especialmente en Tetitla y Atetelco. Otros grupos importantes eran los que formaban los arquitectos y los artistas plásticos, los músicos y escritores que tallaban la piedra; los artesanos de las más diversas especialidades, los agricultores que vivían en la ciudad y cultivaban sus parcelas en las afueras, y hacia el final, los militares, de los que se sabe muy poco, pues casi no tuvieron significación, apareciendo representaciones guerreras en la pintura mural de la fase final. Es en los siglos inmediatos al comienzo de nuestra era, cuando se resolvieron los problemas de la vida urbana de una gran ciudad, con casas de piedra que consistían en cuartos, pórticos y pasillos colocados alrededor de patios, con su propio sistema de drenaje interior, circundados de altos muros exteriores sin ventanas, con salida a estrechas calles, estas unidades permitían la entrada de luz y sol en sus patios, facilitando a los vecinos una vida al aire libre sin perder la intimidad familiar. De estos conjuntos habitacionales se han encontrado cerca de 2600; que se han reconocido por restos de paredes y pisos, porque era costumbre recubrirlos con una mezcla de piedra volcánica molida y lodo llamada "cemento teotihuacano". La cercanía de mercados con los templos forma conjuntos de importancia hasta la actualidad; la economía del estado teotihuacano, alejado de dominio guerrero, bien podía depender de estas relaciones comerciales y religiosas, una "paz de mercado", que le dieron tan vasta influencia a la ciudad en toda Mesoamérica. La integración de la sociedad se debió, en buena parte, a la influencia de la religión, como ciudad ceremonial, por su prestigio y el poder de sus conceptos, que, en verdad, se han mantenido a través de los siglos, como ciertos valores que allí prevalecieron de los que sabemos por la arquitectura misma, se siguen reconociendo en el México contemporáneo, pensamos que su permanencia obedece a que todas las culturas indígenas prehispánicas de nuestro territorio, presentan características semejantes, producto de constantes influencias acumuladas. Por ello se puede afirmar que si bien su influencia arquitectónica se interrumpió, el hálito que la inspiró tuvo una continuidad, así como por el hecho de que algunos factores que las determinaron, subsisten por ser inherentes a la naturaleza misma, como el paisaje, el clima y la geología.

   Continúa el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez diciendo que, “el mexicano de hoy, sigue teniendo entre el clima y ante el paisaje las mismas reacciones de quien creó y habitó esta arquitectura. La geología no ha cambiado y sigue poniendo a su disposición los mismos materiales cuyo uso y aprovechamiento ha venido mejorando con el avance de técnicas de construcción pero manteniendo vigente el trabajo artesanal, cuyo lento progreso ha permitido la continuidad de ciertas  formas  tradicionales  por  subsistir  los  mismos  métodos  primitivos,  las mismas herramientas primitivas de trabajo.” Para él, los valores que más claramente se presentan constantes en la arquitectura y urbanismos mexicanos son el color, la textura y la generosidad en los espacios libres. Le pregunto cuál es el mayor acierto arquitectónico en la construcción de Teotihuacán, y responde:

   -Sin dudas, el concepto de los espacios abiertos. Su conjunto corresponde a una concepción super generosa del espacio abierto, de la integración absoluta de las masas construidas por el hombre, con el espacio natural en que se ubican. Es fácil para el observador identificar en las masas construidas en Teotihuacán la simplicidad y dureza de sus formas con lo inhóspito del ambiente natural que les rodea. La generosidad en el tratamiento de los espacios libres fue determinada por un profundo respeto al paisaje, una sensibilidad que siente necesario tener en todo momento presente a la naturaleza, incorporarse a ella, formar parte de ella, no ser un elemento extraño en el mundo natural, al grado de que no es posible concebir esa zona antes de que la mano del hombre hubiera creado Teotihuacán.

   Para el arquitecto Ramírez Vázquez, la dignidad de la arquitectura de la ciudad de los dioses no está expresada solo en su integración al paisaje, sino también en un alto concepto de la escala humana, no en su dimensión física, sino en la dimensión de su dignidad como pueblo. Nos dijo: “Esto es claro en los espacios de Teotihuacán. Por ejemplo, en la gran Calzada sus dimensiones no están determinadas por la necesidad, sino exclusivamente por el respeto de la dignidad humana de los grupos que habían de reunirse ahí, que, aun cuando fuera con carácter ritual, mantienen un sentido de equilibrio entre la deidad y el pueblo; el dios en la escala vertical, el pueblo en la escala horizontal. El dios en lo más alto, para ubicarlo lo más cerca posible del espacio ignorado, y el hombre en lo horizontal junto a la Tierra, a la cual pertenece”.


   Hoy una austera ciudad de piedra, Teotihuacán está incluida entre los sitios arqueológicos más visitados del mundo. Ubicada justo en el centro del gran Valle de México, donde se une el Paralelo 100 con el Meridiano 20, el paisaje alrededor es majestuoso y anima el ambiente de eternidad que emana de estas piedras talladas que nos recuerdan el día aquel, cuando los dioses se reunieron a crear el Quinto Sol que nos alumbra.

© Waldemar Verdugo Fuentes
FUENTE : Archivo Artes e Historia-México

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